El Diario de...

Susana Merlo

Una mirada distinta de la Agroindustria

(Escribe Susana Merlo, especial para + Producción de La Mañana de Neuquén) La historia de la carne vacuna en la Argentina se remonta a la Colonia, cuando los españoles trajeron las primeras vacas, que quedaron sueltas y se fueron multiplicando entre la primera y la segunda fundación. Fue la actividad económica inicial, con los saladeros y el tasajo que, incluso, se exportaban. Luego llegó el alambrado, con Newton (1845), y unas décadas después arribó el Le Frigorifiqué (1879), el primer barco frigorífico que permitió mandar al exterior carne congelada, lo que constituyó el nacimiento de uno de los rubros más emblemáticos del país, y que dio lugar a un producto por el cual es reconocido en buena parte del mundo.

En medio, los (activos) ganaderos de la época ya habían iniciado una intensa introducción de reproductores de las refinadas razas inglesas (Shorthorn, Hereford, y Aberdeen Angus), que cruzarían pacientemente con los rústicos “Criollos” que, casi salvajes, ya poblaban el país. ¿Porqué esta introducción histórica? Simplemente porque fueron cerca de 100 años en los que la principal actividad económica productiva del país, y la única exportación, fue la proveniente de la ganadería vacuna, hasta que llegaron los inmigrantes y comenzaron a desarrollar la agricultura. Basta decir que cuando se inician los registros sistemáticos, en 1875, ya se contabilizaban 13 millones de cabezas vacunas, las que llegaron a 61 millones en 1977.

Sin embargo, ese predominio y esa potencia productiva, reconocida en el mundo, y mirada y copiada por toda la región, comenzó a declinar hace ya medio siglo, producto de las políticas intervencionistas, y del avance de la agricultura que “corrió” a las vacas hacia zonas de menor calidad (donde no se podían hacer cultivos), y el resultado es que hoy apenas se ronda las 55 millones de cabezas, con una producción de carne que parece anclada en los 3,3-3,5 millones de toneladas/año.

Argentina está “estancada”, y se nota. Ni el crecimiento exponencial de la tecnología, ni la presión de la demanda internacional lograron, hasta ahora, que se salga de la caída relativa que se registra, y que lleva a situaciones críticas expuestas con claridad, en la relación de cabezas vacunas por habitante que pasó de 2,6 en 1977, a apenas 1,17 en la actualidad.

Igual de inexplicable resultaría, por ejemplo, intentar justificar ¿cómo, si no se crece en producción, aumentan entonces las exportaciones?. La respuesta, sin embargo, es simple y lógica, ya que se debe al desplazamiento del consumo hacia otras carnes como la de aves, y cerdos (con una enigmática ausencia aún de la carne ovina), que crecieron en forma exponencial a partir de los ’90.

Y, ¿por qué esto no sucedió antes?. Más simple todavía, dado que durante décadas, no se permitía exportar cuando, al saber del Gobierno de turno, corría riesgo “la mesa de los argentinos”. Pero, el solo aumento en el consumo de otras carnes no justificaría el récord de 930.000 toneladas exportadas el año pasado, de las que se ufanó días atrás un funcionario de Economía (y no es la primera vez que lo hacen en distintos gobiernos).

El caso, es que traccionada por la demanda china, y sus comparativos altos precios, se vienen faenando cantidades crecientes de hembras, que al principio eran solo las de conserva, y descarte, y ahora llegan hasta las vaquillonas. La verdad es que más que “festejar” semejante situación, en un país que pretende mantener su vigencia exportadora, es para llorar por estar matando las fábricas de terneros, con índices que en estos últimos años, y hasta ahora, superan el 45% de participación de hembras en la faena, porcentaje máximo para no caer en “liquidación”.

Y se podrían seguir mencionando cantidad de cuestiones que fueron opacando a la producción ganadera que, aún así, logró mantener su calidad reconocible a nivel mundial, pero hicieron declinar la eficiencia productiva a un nivel que forzó el retroceso empresario, aunque la tecnología seguía avanzando y estaba disponible (pero no accesible).

Llegar entonces a la “accesibilidad” constituye el quid de la cuestión. Solo remitiéndose a la actualidad (para no tener que escribir un libro), allí surgen más preguntas que respuestas. Por ejemplo:

• Por qué si la Argentina cuenta desde hace años, con una zona libre de aftosa sin vacunación, que fue ampliada además, hace más de una década, ¿no hay prácticamente exportaciones de esa región que podría acceder a los mercados más caros y codiciados del mundo?.

• ¿Por qué no se sigue corriendo la barrera sanitaria hacia el norte?

• ¿Por qué, en esa misma zona, los consumidores locales deben pagar la carne vacuna mucho más cara que en otras partes del país?

• ¿Por qué buena parte de los países de la región adaptaron ya sus planes de vacunación antiaftosa o, directamente, los dejaron sin efecto al controlar la enfermedad (caso Brasil), y en Argentina sigue vigente y en la misma forma que hace décadas?

• ¿Por qué la vacuna contra la aftosa cuesta en la plaza local el triple, o más, que en los países vecinos?.

• Por qué el Poder Ejecutivo abrió la exportación de vacunas hace un año atrás, y el Senasa tardó 10 meses solo para permitir el ingreso de las dosis de prueba, de las que todavía no se sabe el resultado? (algunos dicen que sospechosamente, se suspendieron).

• ¿Se trata solo de ineficiencia del ente público, o hay alguna otra cuestión?

• ¿Por qué nadie en el sector público explica sobre una situación que le viene costando a la ganadería más de U$S 300 millones por año?.

Contrariamente, pareciera que otra parte del Gobierno nacional intenta mejorar la rentabilidad de las exportaciones, con medidas cambiarias y de desregulación, que facilitan y mejoran la renta ganadera, tal el caso del recorte de las retenciones, la liberación para exportar de los cueros crudos, o más recientemente, el levantamiento de la prohibición para exportar ganado en pie, como hace Uruguay desde hace años, con 350 a 400.000 cabezas por año.

Además de la lógica política de un Ejecutivo liberal, lejos de una “primarización” como califican algunos, el tema responde a varias cuestiones ya que, al igual que Australia, Argentina debe producir para sus “clientes” que van a comprar lo que necesiten (y como lo necesiten), y no lo que se les quiera vender, o los saldos.

Pero también resulta muy interesante que ingrese un nuevo “jugador” a un mercado estático desde hace años. Esa nueva demanda, seguramente va a contribuir a mejorar la competencia, y transparentar la cadena, algo que se debería generalizar a todos los restantes pasos (incluyendo los datos que aún no tienen respuesta oficial).

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